Es probable que muchas personas que lleguen a leer esto entiendan a la perfección de lo que hablo. También puede llegar a ser que tras leer el artículo se sientan atraídas hacia el tema que trato y quieran comprobarlo en primera persona. Y también, obviamente, puede resultar que acaben escandalizados cuando lleguen al punto y final.

Como la mayoría de los estudiantes universitarios españoles, yo también he recurrido a Cuba para celebrar que, a fin de cuentas, ya me voy haciendo mayor y toca la jodidamente jodida labor de incorporarse al mundo laboral antes de que el INEM nos atrape entre sus filas (o entre su fila, que es bien larga). Es decir, llegó el viaje de fin de carrera y no fuimos originales, así que, a CUBA.

Quien haya visitado la isla supongo que estará de acuerdo conmigo cuando digo que Cuba, se quiera o no, sorprende. ¿Por qué? Porque nos sorprende ver las pintadas por las paredes de las ciudades donde se sigue celebrando la revolución después de más de 50 años. Porque tener cara de español supone tener que llevar ,obligatoriamente, un surtido de bolígrafos y de jaboncillos en la mochila cada vez que salimos a la calle. Sorprende porque la mejor comida del país no se encuentra en restaurantes para turistas, sino en puestos callejeros situados a modo de ventanas roñosas que te sirven pizzas o arroz frito por pocos céntimos de euro.

Sin embargo, lo que más me sorprendió a mí fueron los cubanos. Los cubanos, para el que no lo sepa, es gente que gana poco, muy poco, pero que, se siente feliz de estar como está. Es gente que se acerca al turista para ayudarle cuando realmente buscan que se dé al revés. Es gente alegre, gente que baila, gente que no aguanta sin oír música de esa que te alegra el alma. Es gente que tarda en reconocer que no viven bien y que no resulta justo que al turista, que se encuentra de paso en su amada isla, se le trate mil millones de veces mejor que al propio cubano.

Cuesta creer que tengan restringido el paso a lugares tan turísticos como Varadero (parada indispensable en el viaje de todo universitario) donde la pulserita del todo incluido nos distingue del resto de los mortales. Cuesta creer que ellos acepten que lo que han vivido toda la vida es lo normal pero que notes cierto aire de esperanza en los ojos. En este artículo no entro a criticar el sistema comunista ni castrista. Ni tampoco quiero poner vuelta al aire a ningún gobernante, sino que hablo de Cuba desde los cubanos.

Ver Cuba es pasear por las calles. Es ver las casas desvencijadas a orillas del camino que llaman carretera. Es ver los colores de esas casas coloniales e imaginarlas cuando aún no tenían peligro de derrumbamiento. Es disfrutar de los Cadillac que pasean por las calles de La Habana y que están dispuestos a llevarnos al fin del mundo por unos pocos pesos convertibles.

 

Cuba es su música, son sus niños, es su comida, son sus playas, son sus calles, pero, sobre todo, Cuba es su gente. Gente alegre que no sabe qué pasará en el futuro. Gente que no se plantea que Fidel se pueda morir. Gente que siempre sonríe y siempre mira a los ojos. Eso es Cuba. Por lo menos me doy por satisfecha por haber conocido una faceta de Cuba que ya me ha enamorado. Una faceta que no reside en la barra libre ni en las discotecas. Una faceta que, como digo, ya me ha enganchado.